La segunda conversión: del etnocentrismo
Que cada mentor descubra —no que se lo digan— que carga una forma cultural de hacer iglesia que cree “la correcta”, y que mentorear varios países le pide una segunda conversión.
Acompaña países que no son el suyo, desde lejos, sin poder imponer nada. Su única forma de guiar es ganándose la confianza y entendiendo el contexto. El etnocentrismo sabotea eso sin que uno lo note.
Abre con el hilo de todo el retiro, sin resolverlo:
“Quiero empezar con una pregunta incómoda: ¿y si parte de lo que creemos que es ‘la forma correcta de hacer la obra’ no es del evangelio… sino solo de nuestra cultura?”
Y enseguida define la palabra, porque varios la oirán por primera vez — simple, con ejemplo:
“Etnocentrismo es una palabra grande para algo muy sencillo: la tendencia natural de creer que mi forma de hacer las cosas es la normal y la correcta — y que la del otro es la rara o la equivocada. No es maldad; todos lo hacemos sin pensar. Y cuando mentoreo a un país que no es el mío, ese lente invisible me hace corregir cosas que no están mal… solo son distintas.”
Los folletos desde el avión
“En Papúa Nueva Guinea, Whiteman conoció misioneros que sobrevolaban la selva en avioneta y dejaban caer folletos del evangelio… impresos en inglés. Creían que el Espíritu Santo los usaría para convertir a la gente. ¿El problema? Esa gente no sabía leer, y mucho menos inglés. Los folletos no se desperdiciaron, eso sí: resultaron del tamaño perfecto para enrollar tabaco. La gente los usó para hacer cigarrillos.”
Remata al corazón: “Esos misioneros eran sinceros, fieles, sacrificados. Pero hicieron la obra a su manera, sin preguntar si conectaba con el otro. Eso es etnocentrismo: no es mala voluntad, es hacer la misión desde mis lentes y suponer que con eso basta.”
Y un puñetazo suave (≈1 min): “Después de una charla, un misionero le confesó a Whiteman: ‘Llevo quince años viviendo en Macao… y debo admitir que no conozco a los chinos. Estuve demasiado ocupado haciendo cosas.’ Quince años de trabajo fiel — sin haberse convertido nunca de su etnocentrismo.”
Luego, la conversión que sí ocurrió — Pedro en Hechos 10, contado despacio:
“Pedro ya era apóstol, ya había predicado en Pentecostés, ya estaba ‘convertido’. Y aun así Dios tuvo que bajarle un lienzo del cielo tres veces para convertirlo otra vez — de su certeza de que el de afuera era impuro. ‘Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro.’ No fue una conversión de pecado a Cristo; fue de su cultura religiosa a la misión de Dios.”
“Nosotros también ya estamos convertidos. Pero quizá Dios nos está bajando un lienzo en este retiro. Mentoreamos pueblos que no son el nuestro. La pregunta es si los estamos ayudando a seguir a Jesús… o a parecerse a nosotros.”
Plantéalo como el contraste de dos formas de mentorear:
El mentor etnocéntrico llega (o se conecta) y dice: “esto se hace así, como en mi país.” Corrige formas, copia su modelo, mide al otro con su vara. Resultado: el coordinador obedece de labios, pero no se apropia; y cuando el mentor cuelga, nada cambia.
El mentor convertido de su etnocentrismo pregunta antes de instruir: “cuéntame cómo funciona esto en tu contexto, qué ha dado fruto aquí.” Guía el proceso de PIC —multiplicar líderes, formar Timoteos— pero deja que tome la forma de cada país. Resultado: el coordinador se apropia, porque el proceso lo siente suyo.
“Esto es clave para ustedes precisamente porque no tienen autoridad para imponer. Ustedes no mandan: acompañan. Y resulta que esa es la mejor noticia: el evangelio nunca avanzó por imposición, sino por encarnación. Su falta de autoridad para mandar es justo lo que los obliga a mentorear como Jesús.”
“Pensando en el país o la red que acompaño: ¿dónde he estado empujando mi forma —de orar, de reunirse, de reportar, de hacer iglesia— en vez de escuchar la suya? ¿Qué he corregido que en realidad no estaba mal, solo era distinto?”
El trabajo del facilitador aquí es escuchar y mirar caras, no responder a cada quien. Un silencio largo no es un problema: es donde trabaja el Espíritu. Que hablen los que quieran; no fuerces la ronda completa.
Recoge con gratitud (sin comentar a cada uno), ora pidiendo el lienzo de Pedro para cada mentor, y da un paso concreto:
“Si dejamos que Dios nos convierta del etnocentrismo, lo que viene ahora cobra sentido: cómo entrar en la cultura del otro, como hizo Jesús.”